Cómo nace una editorial



Me gustaría decir que el libro es el primer recurso de quien tiene curiosidad, de quien nunca sacia el hambre de saber. Pero este siglo, que se presenta cambiante e imprevisible, que es incierto para las empresas (también en la acepción de «iniciativas»), ya nos está abasteciendo de infinitas y cómodas formas de acceder al conocimiento. Por eso diré que el libro es para quien cultiva un amor por él, un amor por la melodía de la palabra escrita. También diré, con riesgo a equivocarme, que la primera responsabilidad del editor es enseñar a escuchar esta melodía. El editor puede y debe transmitir su pasión por la literatura y entrenar al lector novel suministrándole lecturas de calidad, ágiles, armoniosas, emocionantes y entretenidas. O puede y debe compartir su pasión con el lector experto, ofreciéndole obras de calidad, profundas, elaboradas, emocionantes y filosóficas. El editor debe y puede hacer muchas cosas, pero siempre responsabilizándose de la calidad de su producto y saciando las distintas hambres de su público. Así entiendo el papel del editor. Y esto es lo que entiendo por libro:


Un libro es un objeto, o no,

rectangular, o no,

infestado de letras que forman palabras, sí.

Un libro puede ser físico,

químico,

histórico,

ensayo,

gráfico,

literario

e incluso virtual.

Un buen libro te emociona

si pretende emocionarte,

te cultiva,

si pretende cultivarte,

te adoctrina

si no lees otros libros y lo pretende.

Un libro es muchas cosas

de formas infinitas,

de múltiples formatos

y vastos universos.

Y tú no eres otra cosa que

los libros que lees.


En mi experiencia como corrector profesional he aprendido lo bonito y lo no tan bonito del sector de la edición. He aprendido que una cosa son los timing teóricos y otra los prácticos. Una editorial con muchos contratos de traducción y poco personal de corrección de estilo genera embudos a veces insalvables, por ejemplo. Una editorial sin una gestión económica prudente puede encontrarse con devoluciones de ejemplares, almacenes llenos y números rojos. Y, como éstas, son muchas las situaciones que reflejan engranajes llenos de óxido, falta de comunicación e incluso mala sintonía entre trabajadores.

Lo que yo creo, por no extenderme demasiado e ir concluyendo, es que, quien emprende un proyecto de tanta belleza como el editorial, con sus riesgos y sus satisfacciones, debe entregarse en cuerpo y alma, aparcar el ego y empequeñecerse ante la grandeza de la literatura. Sólo haciéndose a un lado y colocando bajo el foco al libro, que es el producto menos materialista de todos los productos, conseguirá enamorar a su consumidor, que es el menos consumista de todos los consumidores.

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