Carta de un joven profesor

A mi alumnado le diría:

Yo no sé, acerca de la vida, más que tú. No sé más del amor o del odio. No sé del dolor, de la pérdida o de la muerte, no más que tú. Ni siquiera sé si aprecio más la belleza, y lo hago a menudo. Y tampoco sé si he escuchado más música, si he reído más veces, si he leído más libros, si he andado más kilómetros, disfrutado más paisajes o viajado a más lugares. Pero lo que sí sé, y te lo escribo convencido, y por ello es por lo que te escribo, es que estoy aquí delante, expuesto, por alguna razón. Yo lo he decidido así. He decidido exponerme a tu crítica, a tu burla, a tu elogio, a tu admiración o a mi vergüenza, a todo lo que pueda uno experimentar bajo los focos, sobre un escenario. He decidido aparcar al hombre y dejar que hable el profesor; ignorar mis miedos, mis problemas, mis complejos y mi ego. He decidido renunciar a mi ser durante unas horas al día para que mis presencias física e intelectual se dediquen a ti, solamente a ti. Y es ahora cuando me pregunto: «¿Y si el aula está desenfocada?».

Ahora todo cambia, el foco te señala, alumnado. Y eres actor, protagonista, guionista, director y público, todo al mismo tiempo. Eres el escenario en sí mismo, en ti mismo. Y estás a solas, joven como eres, inexperto. Sabes de la vida lo que la vida te ha enseñado y lo que has querido coger. Y ahora te toca, casi en el principio del camino, tomar decisiones. Tienes que analizar a tu público objetivo, que eres tú, y luego escribir la obra, dirigirla e interpretarla. Tienes que indagar en ti mismo, ése es el primer paso. Y de tu capacidad para entender a tu público, es decir, a ti mismo, dependerá el éxito o el fracaso de la función. Y de tu actitud a la hora de interpretar. Y de las decisiones que tomes, y de tu facilidad para adaptarte a un contexto cambiante. Por eso te escribo a ti, alumnado, para que te dejes de excusas, lamentaciones y quejas. Para que apartes el foco del profesor, para que no le exijas más que a ti mismo, no sería justo. El profesor es aquí un elemento secundario que te acompaña y orienta en el camino que TÚ decides tomar. Que no te odia, nunca lo hace, no tendría sentido. Y que te aprecia siempre, no porque sea su trabajo, sino porque se hace muy fácil apreciarte. Tal vez haya que ser profesor para entender esto último, pero es muy cierto y lo escribo con la mayor sinceridad: por muy respondón que te salga el alumnado, por mucho que te dificulte el trabajo y muchas broncas le caigan, aflora en ti un cariño inquebrantable hacia él, a nivel colectivo y a nivel individual. Este cariño pertenece al proceso de verlo aprender y crecer. Y créeme cuando te digo que es de las mejores experiencias como profesor, siendo lo joven que soy y sabiendo lo poco que sé de la vida.

El caso es (no me enrollo más) que aquí hay un solo protagonista, guionista, actor, escenario y público: TÚ. Tú como individuo. Así que ve estudiándote el papel, que no consiste en otra cosa que dirigir tu propia vida.


Firmado,

Uno de esos profesores que suelen estar de paso

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