El etéreo

Ah… por fin estoy de vuelta. Qué agradable sensación. Inmerso en esta ligereza, me siento flotar. Es curioso: noto los sentidos abotargados pero más despiertos que nunca. Soy completamente libre. ¿Dónde iré? ¿Qué descubriré esta vez?

Impulsado por la voluntad de mi pensamiento, me desplazo por la vasta extensión que me rodea, regodeándome en los cambios de densidad que mi piel percibe de acuerdo a las fluctuaciones en el rumbo.

Me dirijo hacia un luminoso punto de la lejanía, decidido a desentrañar la naturaleza del sitio. Esa es mi intención, pero el punto no parece acercarse a pesar de que siento que avanzo. Incluso podría decirlo más lejano. La calidez que desprende es, desde luego, más intensa, hasta el punto de volverse incómoda.

Empieza a contrariarme este fracaso en alcanzar el punto luminoso. «Desaprende». La palabra surge en mi mente como si alguien la hubiera colocado allí. ¿Desaprende? ¿Qué significa eso? Es decir, aplicando la lógica, desaprender es el proceso inverso a aprender, no hay duda. Pero, ¿cómo puede hacerse? Y ¿para qué? ¿Es posible que todo se rija por leyes distintas aquí?

El esfuerzo intelectual no da frutos y mi frustración parece crispar el ambiente. Me siento más oscuro; no es una sensación agradable, para nada. Debo volver a mi estado anterior, ya perseguiré la luz en otro momento, cuando esté preparado para ello. Necesito recuperar el bienestar. ¿Qué hago, qué hago? Claro, eso es. La otra vez que estuve aquí iba a explorar uno de los astros, ahora lo recuerdo. Justo empezaba con la exploración cuando sucedió el retorno. Retomaré eso, pues.

Llamo «astros» a unos cuerpos circulares que se ven por todas partes. Los hay de muchos tamaños y colores. Y digo que son cuerpos porque en realidad no conozco una palabra más adecuada para describirlos, pero intuyo que no pueden equipararse a nada de lo que conocemos. Eso es todo lo que pude averiguar en mi último acercamiento a los astros.

Me dirijo al más cercano, un pequeño astro violeta, y, al embarcarme en un nuevo propósito, parece que cumplo el objetivo de volver a mi paz anterior.

Desde luego es un mundo curioso éste. Qué maravilla. A simple vista los astros parecen sólidos, pero, cuando consigo tocar uno por primera vez, me doy cuenta de que su solidez era una ilusión. Mi mano lo penetra fácilmente y todo mi cuerpo parece absorber la sustancia del astro. Me invade una fuerte emoción. ¡Es una experiencia tan única! No es ni agradable ni desagradable, es simplemente intensa. Y, entonces, lo entiendo: este mundo no tiene nada que ver con el nuestro, es un mundo de pura energía, por eso hay que desaprender lo que se creía aprendido.

Todo empieza a iluminarse a mi alrededor. ¡Sí! Era eso, estoy desaprendiendo y ahora se me da acceso a nuevo conocimiento. ¡Es tan emocionante!

Pero, de repente, todo se vuelve más efímero, más irreal. No, por favor. Ahora no. Solo un poco más, unos segundos más.

El mundo se desvanece y me quedo solo en una negrura infinita. En medio de esa negrura, escucho mi nombre

—Jesús, Jesús.

Abro los ojos lentamente.

Estoy de vuelta en mi habitación, en posición horizontal. Lo sé porque reconozco el techo, que es lo único que puedo apreciar si no hay nadie para cambiarme de posición. Y sobre mí veo el rostro de María, envejecido por el sufrimiento de verme en este estado.

—Jesús, si me entiendes, parpadea dos veces.

Y yo parpadeo dos veces, pues es lo único que puedo hacer con este cuerpo inútil que me ha quedado después del accidente. Y sé, sin notarlo, que una lágrima resbala densa por mi mejilla, porque vuelvo a estar en la cárcel de la que no escaparé hasta que pueda volver a ese mundo.

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