El Hombre de Vitruvio


Ya es difícil la vida para el hombre corriente, imaginad cómo ha de serlo para alguien con cuatro brazos y cuatro piernas. El Hombre de Vitruvio, pobre, tuvo una vida dura.

Rechazado por su madre al nacer, se crió en un orfanato de la ciudad que le dio nombre, ya que ni nombre propio se habían dignado a ponerle. Pasó una infancia penosa: los niños son crueles y los adultos más, sobre todo contra las deformidades físicas ajenas.

—¡Ahí va el bicho raro! ¡A por él! —chillaban mientras le lanzaban piedras.

Y él corría, porque, claro, teniendo cuatro piernas, a correr nadie le ganaba.

Pese a las barbaries cometidas en su contra, nunca sucumbió a la maldad. En cuanto tuvo raciocinio, aprendió, por imitación y por lectura, todo lo que necesitaba para valerse por sí mismo, y se alejó de la civilización que tan deliberadamente lo había rechazado. Se procuró una cabaña y se dedicó al cultivo y a la ganadería, para los que la multiplicidad de extremidades le era útil. Cuando alguien necesitaba refugio, él lo acogía amablemente, siempre intentando ocultar los brazos y piernas de más, pues, si se descubrían, causaban inmediato rechazo.

En el fondo, el Hombre de Vitruvio añoraba el contacto humano. No podía dejar de soñar con un corazón amoroso que le aceptara tal como era. Y para ello rezaba día y noche.

Un día, un viajero abatido por la adversidad del camino llamó a su puerta.

—Por favor, sería tan amable de…

Antes de terminar la frase, le fallaron las fuerzas, por lo que el Hombre de Vitruvio, en un acto reflejo, alargó todos sus brazos para sostenerle. Cuando el viajero volvió en sí y vio el exceso de extremidades, abrió mucho los ojos y exclamó:

—¡Oh, exuberante hombre, a ti te he de pintar! Me llamo Leo y soy un artista que viaja en busca de inspiración. ¡La fortuna ha querido que te encuentre, maravilloso espécimen!

Y así fue como el Hombre de Vitruvio encontró a alguien que le aceptaba a pesar de su pluriextremizado físico. Y, en particular, a causa de éste.

Y ya nunca estuvo solo.

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