Sulena



En la pequeñísima villa de Sulena, todas las mujeres y todos los hombres, y todos los niños y todas las niñas, llevaban joyas, por lo menos dos. No tenían por qué ser lujosas o llamativas, bastaba con que fueran dos como mínimo, por asuntos prácticos. Había quien tenía tres o incluso cuatro joyas, por herencia y por nada más.

Algunos sulenianos de larga experiencia hacían trueques con una de sus joyas, sólo con una, siempre por alguna otra joya y sólo por curiosidad, por descubrir cosas nuevas. Los días eran plácidos en Sulena, y siempre reinaba el silencio por la noche.


Una mañana llegó un viajero por el camino del este. Era alto, muy delgado y algo viejo, y saltaba a la vista su vestimenta de forastero, sus andares soberbios y, sobre todo, el sobretodo que llevaba por abrigo. Esa prenda de vestir, tan inusual en la villa, tan reveladora de que aquel hombre no era de allí, sino de muy muy lejos, lucía joyas por todos sus rincones. Era escalofriante cómo un simple abrigo podía hablar tanto y tan mal, con muy poco margen de error, del hombre que lo paseaba por medio mundo.

–¿Podría decirme de dónde viene usted, por favor? –intervino el alcalde de Sulena sudando por todos los poros de su cuerpo.

­ –Se diría que vengo de por aquí y de por allá –respondió por responder.

Las calles estaban más vacías de lo habitual, como si la paz del pequeño pueblo, de un día para otro, fuese vaticinio de la más sangrienta batalla por Dios sabe qué. El caso es que el forastero debía de verlo casi todo, el más mínimo detalle, el más ligero movimiento, por eso las gentes se habían escondido en sus casas, por eso no se distinguía un alma por las calles.

–He paseado por medio mundo –acabó diciendo el forastero con una pizca de condescendencia, como si le dirigiera la palabra por compasión.

–Y ¿qué le trae por nuestra pacífica villa?

–Le seré sincero: vengo a hacerme con una joya de la que me han hablado por ahí.

En Sulena, la máxima era «ojo por ojo». Todo el mundo lo sabía y lo respetaba, por supuesto. Si alguien quería una nueva joya, a través de las cuales la gente veía, tenía que ofrecer una de sus joyas por la buena voluntad de su interlocutor. Los intercambios eran siempre de un ojo por un ojo, de una joya por otra. Nadie merecía perder buena parte de su visión, por mal convecino que fuera. Porque en Sulena y en otros muchos lugares, en todos aquellos lugares comprendidos entre los confines del mundo, las personas, en sus rostros, no tenían otra cosa que boca y nariz, por las que oler, hablar y comer. Si querían percibir el mundo con la vista, tenían que poseer joyas, por lo menos una. Para una visión amplia, por lo menos dos.

Así pues, resultó que el forastero iba en busca de la más bella joya del lugar: un anillo que lucía una preciosa esmeralda pentagonal tallada por un duende de caramelo. Y lo más tembloroso del asunto era que dicho anillo pertenecía a la hija del alcalde, que todavía era niña por haber nacido doce años atrás. Cada vez que corría para saltar a los brazos de su padre, agitaba tanto las manos que el anillo iba para arriba y para abajo, para un lado y para el otro, y la niña acababa por marearse. Y eso sucedió aquella mañana, cuando, despreocupada o valiente, echó a correr por la calle principal. El forastero vio al instante, aún desde la lejanía, esa esmeralda que rebotaba los rayos de sol por doquier. Se le iluminó el rostro marcado por el tiempo. Y la niña siguió acercándose, por inocencia o por valentía. Y, cuando estaba ya muy cerca de los dos hombres, mareada o fingiendo estarlo, perdió el equilibrio por completo. Se agarró al sobretodo del forastero, y la prenda se rompió y cayó sobre la niña, quizá por accidente.

Cubierta con ese abrigo lleno de joyas, la hija del alcalde siguió corriendo, porque ahora lo veía todo, ahora se alejaba por la calle principal. El forastero gateaba a tientas, asustado por la recién llegada oscuridad.

Los habitantes de Sulena llevaban doce años planeando la ceguera del más temido delincuente, del más vil ladrón de vista de por aquí y de por allá.


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